martes, 20 de mayo de 2008

Aun no es domingo (2ª parte)

Sedal trabajaba en una fábrica de bisutería. Era un trabajo alienante, todo el día rebajando pequeñas argollas doradas, puliendo cristales sin valor alguno para que parecieran el mejor de los diamantes, dejándose la vista en su torno durante diez, once horas diarias, en miles de joyas y abalorios que tras pasar por todas las fases de la cadena de montaje, lucirían en los cuellos, orejas, manos y muñecas de miles de mujeres.

Desde que Jara estaba en el paro, Sedal hacía montones de horas extras para intentar compensar la economía familiar, esforzándose además, para no mostrarse demasiado cansado en casa, puesto que no quería que ella se sintiera más culpable y triste de lo que ya estaba, aunque la realidad era, que empezaba a acusar varios meses de echarse sobre sus espaldas turnos de más de sesenta horas semanales.

Por eso, cuando llegaba del trabajo, intentaba parecer alegre, y entregarse en cuerpo y alma a su amada Jara, siendo el mejor de los amantes posible, cariñoso, atento, comprensivo, aunque el estado de ánimo de ella supusiera una barrera muchas veces infranqueable, que le invitaba en todo momento a la discusión, al enfrentamiento, al silencio. Sedal se desvivía en el trabajo y también en casa, pero Jara sólo parecía ser feliz los domingos, cuando él no tenía trabajo, y podían estar juntos todo el día. Era ella misma en estado puro, alegre, cariñosa, loca y juguetona.

Esta situación le preocupaba, porque le dolía profundamente que el resto de la semana estuviera tan sola, tan deprimida, tan triste. Y se sentía frustrado al no poder hacer nada más que intentar apoyarla, estar a su lado y alentarla, y confiar en que el destino diera un golpe de timón y le proporcionara un trabajo, que era en esencia lo que necesitaba para mejorar su autoestima, y dejar de sentirse inútil y sola durante todo el día.

Mientras, él seguiría ahí, escuchándola, trabajando como un mulo para que no les faltara nada, para que los problemas económicos no se añadieran a la lista de peligros que les amenazaban, porque ella lo era todo para él, y si Jara sufría, una parte de él también lo hacía. Se habían jurado amor eterno, y eso es lo que el iba a seguir dándole, afrontando juntos cualquier situación, superando cualquier obstáculo.

En todas esas cosas iba pensando Sedal mientras conducía de noche, camino de vuelta a casa, cansado pero ansioso de encontrarse con su amada, que sin duda le estaría esperando con la cena caliente, y con ganas de hablar, tras otro día de soledad, para contarle las mismas cosas de siempre, que él escucharía sin pestañear, sin un solo gesto de desgana o de aburrimiento, porque era lo que ella necesitaba.

Pudo ser el cansancio, la desconcentración, la oscuridad, o la fina lluvia que salpicaba el parabrisas, pero Sedal no pudo hacer nada para evitar el brusco bandeo de un camión en la autopista, y que introduciéndose a gran velocidad en su carril, colisionó con la parte trasera de su pequeño Peugeot, sacándole de la carretera y lanzándole en un baile interminable de trompos consecutivos, frenados en un brutal golpe seco contra el quitamiedos.

Nada pudieron hacer los médicos del SAMUR, mientras Jara, en casa, miraba el reloj con ansiedad, pensando donde se podía haber metido su novio. Intentaba recordar la conversación en la que le había asegurado que hoy estaría a las diez en casa y no tenía ninguna duda. Se le estaba enfriando la cena, y había preparado una lasaña de carne, el plato preferido de Sedal, para celebrar que la habían llamado de una empresa por su última entrevista, y que se tenía que incorporar inmediatamente.

Epílogo:

Dicen que decenas de expertos doctores de todos los lugares del mundo, acuden al pabellón psiquiátrico del Hospital General Universitario Gregorio Marañon, para examinar a la paciente de la 206, Jara Guzmán, y analizar su extraño síndrome de catatónia progresiva. Hasta la fecha nadie ha sabido explicar como, ni porqué, todos los domingos sin excepción, desde hace dos años, la enferma despierta de su completo letargo semanal, y rompiendo su habitual y profundo aislamiento, habla, ríe, canta, besa, acaricia e interactúa con un personaje imaginario llamado Sedal.

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